Terry y Carl Probyn deseaban una vida más tranquila para sus hijas, con menos exposición a la violencia y con más seguridad en las calles. Fue así como, en septiembre de 1990, dejaron Arcadia, una ciudad ubicada en las cercanías de Los Ángeles, en California, Estados Unidos, y se mudaron a un plácido pueblo rural llamado Meyer, al sur de Lake Tahoe. En ese entorno apacible creían que iban a encontrar la felicidad. Por otro lado, era el momento ideal del año para hacerlo porque Jaycee, que tenía 10 años, empezaría quinto grado allí.

La tranquilidad les duró nueve meses.

Jaycee Lee Dugard nació el 3 de mayo de 1980 y era hija biológica de la pareja anterior de Terry, Ken Slayton, de quien se separó en 1979 después de una brevísima relación. Terry nunca le dijo a Ken que estaba embarazada.

Jaycee creció siendo muy tímida y apegada a su madre. Tenía una gran sonrisa que desnudaba unos simpáticos incisivos superiores separados y una cara angelical repleta de pecas, enmarcada por una cascada de pelo dorado.

Pasado un tiempo,Terry se casó con Carl Probyn con quien, en 1990, tuvo otra hija: Shayna. Convertidos en una familia de cuatro empezaron a fantasear con vivir en un sitio más amigable y terminaron por desembarcar en el idílico poblado de Meyer.

El lunes 10 de junio de 1991, Terry Dugard, que trabajaba en una imprenta, se fue temprano y apurada. Se le hacía tarde y olvidó darle a su hija mayor el clásico beso de todas las mañanas.

Jaycee salió un poco después. Tenía que caminar hasta donde la recogería el colectivo escolar. Llevaba puesto su equipo de ropa favorito, en tonos rosados. Cerró la puerta y comenzó a subir la cuesta en dirección contraria al tráfico, como le había enseñado por seguridad su madre, para llegar a la parada.

Su perfecto mundo infantil se esfumaría en un par de segundos. Un auto gris, con una pareja dentro, aminoró su marcha y se le acercó. Ella creyó que estaban perdidos y que querían pedirle indicaciones. Se arrimó a la ventanilla. El hombre bajó el vidrio y, cuando Jaycee estuvo lo suficientemente cerca, sacó velozmente sus manos por la ventana y le disparó con una pistola paralizante. La descarga eléctrica la dejó aturdida. Jaycee tambaleó hacia unos pinos y cayó sobre las piñas. No entendía lo que estaba pasando y se hizo pis encima. Lo último que recuerda es que una de esas piñas se le incrustaba contra el cuerpo. Rápidamente la pareja la subió al asiento trasero del auto y la mujer se quedó atrás para ocuparse de mantenerla contra el piso. El hombre se ubicó frente al volante y se marcharon.

Carl Probyn, que estaba monitoreando a Jaycee desde la ventana del garaje, fue testigo del hecho. A la distancia vio a dos personas en un auto de mediano, posiblemente un Mercury Monarch, que se acercaron a Jaycee y llegó a ver que una mujer bajaba y la subía al vehículo que luego salió disparado haciendo un giro en U. Todo ocurrió muy cerca de la parada de ómnibus y ante la mirada atónita de otros chicos. Carl no lo pensó: se subió a su bicicleta e intentó perseguir al auto. Pedaleó con fuerza, pero le fue imposible alcanzarlo.

Cuando los pedófilos no son monitoreados

Apenas comenzada la investigación, como Jaycee no era muy cercana afectivamente a su padrastro, la policía puso a Carl Probyn en la mira. En la lista estaba, también, aquel padre biológico, Ken Slayton, quien no la había siquiera conocido. Probyn pasó todos los detectores de mentiras que le pusieron delante y Slayton rápidamente quedó descartado. A pesar de que la escena había sido presenciada por varios compañeros de Jaycee, que la policía tenía el modelo de auto y conocían con detalle la ropa que llevaba puesta la víctima, estaban con las manos vacías. No sabían por dónde empezar.

Se imprimieron carteles con la cara de la pequeña y la ciudad se llenó de cintas rosas, el color favorito de Jaycee. Sin embargo, el caso parecía estancado.

No intuían que el verdadero responsable estaba a poco más de dos horas de distanciay tenía frondosos antecedentes policiales por violación y secuestro. Las autoridades no fueron lo suficientemente agresivas con sus pesquisas.

En 1972, Phillip Greg Garrido (nacido en 1951) con solo 21 años abusó de una chica de 14. Tuvo la suerte de que la menor, muy asustada, no quisiera declarar en el juicio y terminó absuelto. Al año siguiente, Garrido se casó con Christine Murphy, una amiga de la universidad. Todo terminó cuando ella lo acusó de maltratarla.La mujer contó que cuando le planteó el divorcio, él optó por mantenerla secuestrada.

Sus agresiones continuaron. En 1976 se lo detuvo por el secuestro y violación de Katherine Callaway, una joven de 25 años que paró a recogerlo cuando él hacía dedo en la ruta. La obligó a dirigirse hasta un depósito en Reno, Nevada. En un galpón abandonado la violó durante ocho horas. Un oficial de policía notó el auto estacionado afuera del depósito y le llamó la atención ver que el candado de la puerta estaba roto. Bajó de su móvil y golpeó el portón. Le abrió, sorprendido, Phillip Garrido. Katherine reaccionó con rapidez y gritó desesperada pidiendo ayuda. Infobae

9 comentarios en «Un pedófilo la raptó, la sometió durante 18 años y tuvieron dos hijas: la terrorífica historia del secuestro más largo de los Estados Unidos»
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